
14 de agosto de 2026
Si está en internet, entonces es verdad
Sobre discernir quién te enseña la Biblia, en la era del algoritmo y de la inteligencia artificial.
Hace unos días le pedí a una inteligencia artificial la lista completa de las fuentes de una investigación que le había encargado. Se la pedí porque para eso son las fuentes: para verificarlas. Empecé a abrirlas una por una y ahí estaba. Fuentes que no existen. Artículos con títulos perfectos, atribuidos a medios reales, que nadie escribió jamás. Y la herramienta me los entregó con la misma seguridad de tono con la que me había dado los datos verdaderos.
Señores, yo me lo iba a creer.
Yo, que llevo más de quince años trabajando en marketing. Yo, que me gano la vida entendiendo el consumo digital por dentro. Estuve a un clic de repetir como verdad algo que una máquina se inventó con buena ortografía.
Y ahí me volvió una frase que compartí en mi podcast en el 2021, cuando todo esto ni soñaba con ser viral. En aquel momento hablaba de dos peligros gemelos. El primero: creer que si no está en redes sociales, entonces no pasó. Y el segundo, que llamé un peligro horroroso: creer que si está en internet, entonces es verdad.
Cinco años después, ese segundo peligro aprendió a hablar con voz de experto y autoridad.
La moneda con la que pagamos
Hoy en día casi el 70% de la población mundial usa redes sociales y el usuario promedio les entrega 2 horas y 21 minutos cada día. Sumado, el mundo gasta unos 15 mil millones de horas diarias deslizando en contenido que en poco aprovecha. Y del lado de la inteligencia artificial, los estudios que han revisado las referencias que generan estos modelos encuentran que cerca del 40% de las citas traen errores o directamente no existen. Está mejorando con cada versión, sí, pero la seguridad con la que estos modelos responden cuando aciertan es exactamente la misma que cuando inventan, y esa es exactamente la parte que nos debería quitar el sueño.
Lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir: aunque tenemos la idea de que las redes sociales son gratis, no es así. Las redes sociales se pagan, y la moneda con la que se paga es la más costosa: nuestro tiempo y atención.
Ahora hazte esta pregunta incómoda: de esas dos horas y pico diarias (o quizás más), ¿cuántos minutos son de alguien enseñándote algo sobre Dios y Su Palabra? ¿Y qué sabes tú de ese alguien?
Cómo estamos aprendiendo la Biblia
Un reel de 30 segundos con una frase profunda sobre un hermoso atardecer. Un extracto de una prédica que compartimos sin haber escuchado el sermón completo. Un carrusel de “5 verdades que Dios quiere que sepas hoy” hecho por una cuenta de la que no sabemos ni el nombre real de la persona. Frases cortas en Instagram que ya funcionan como el devocional del día. Y mientras tanto la Biblia física, la completa, la que tiene Levítico y Números y las genealogías, acumulando su capa de polvo en tu habitación.
Sin embargo, con el cuerpo somos rigurosos. Leemos etiquetas, contamos calorías, preguntamos de dónde viene la proteína. En una conversación del podcast salió una frase que he pensado mucho: para la mente no hay paleo ni keto. Lo que le entra a la mente, entra sin filtro, sin etiqueta y sin preguntar quién lo cocinó.
Y hay un dato más de fondo aquí y es que hoy mucha gente prefiere a un influencer con un millón de seguidores por encima de su propio pastor. Le cree más al que habla bonito en la pantalla que al hombre que ora por su alma cada semana, que conoce su nombre, su historia y sus luchas. Eso tiene un nombre bíblico y no es “tendencia”. Es idolatría con buen diseño gráfico.
La gota a gota
Aquí está el mecanismo, y necesito que lo veas completo porque es sutil a propósito.
Los falsos maestros no llegan diciendo “no creas en Cristo”. Eso sería demasiado frontal, demasiado fácil de rechazar. Cuando escribí Cartas desde el Algoritmo puse esta estrategia en boca de un demonio veterano precisamente porque es la estrategia de siempre: “no le quites la Biblia a nadie. Ponle una idea encima de otra. Pequeña, bonita, de 30 segundos. Repítesela desde diez cuentas distintas”. Con el tiempo, esas ideas se vuelven familiares, y lo familiar tiene un superpoder: dejamos de cuestionarlo, porque está por todos lados.
Si algo podemos recordar de nuestro tiempo en la escuela es que la repetición es la clave del aprendizaje. Cuando escuchas una idea repetida por miles de personas, empiezas a sustituir la verdad que conoces por la mentira que todo el mundo repite. Y mira que en el Edén, la serpiente solo tuvo que repetirle la idea a Eva dos veces para que la creyera. Por eso repito una y otra vez en mis redes que ¡las ideas importan! Las ideas se convierten en palabras, las palabras en acciones, las acciones en hábitos, los hábitos en carácter, y el carácter en cosmovisión.
Ahora bien, el empaque en que viene la idea es tan importante como la idea misma. Si la serpiente le hubiese dado a Eva una lechuga no habría sido tan apetitosa como una fruta. Por eso, hoy en día el formato ayuda al engaño de dos maneras que casi nadie nota. El primero: el feed nivela todo. Un meme, una noticia, un chiste y un versículo llegan en el mismo empaque, uno detrás del otro, y sin darnos cuenta aprendemos a darle el mismo peso a todo. El segundo te lo digo con conocimiento de causa, porque es mi oficio: la credibilidad se fabrica. Buena tipografía, buena luz, seguridad al hablar, un logo limpio. Yo he enseñado a marcas a verse profesionales y confiables, y funciona. Por eso mismo te lo advierto: la percepción de autoridad se produce en una tarde de diseño. La autoridad real no.
Y que quede claro dónde está el problema de fondo, porque no es la aplicación. Estos aparatos no crean deseos nuevos en nosotros. Encuentran los que ya estaban: el hambre de aprobación, la pereza de examinar, la prisa. Son mecanismos que el enemigo explota en el corazón y que lo digital amplifica. El algoritmo no hace nada que tu corazón no le haya pedido primero.
El estándar que ya estaba escrito
Nada de esto agarró a la Biblia por sorpresa. El estándar para evaluar a un maestro lleva dos mil años escrito, y es más exigente que cualquier autenticación de dos pasos.
Cuando Pablo predicó en Berea, Lucas registra algo asombroso: los bereanos “recibieron la palabra con toda solicitud, examinando diariamente las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11, NBLA). Examinaron a Pablo, ¡al apóstol! Al que escribió buena parte del Nuevo Testamento. Entonces, si Pablo se dejó examinar contra las Escrituras, tu maestro favorito de internet no está por encima de ese filtro. Y una inteligencia artificial, muchísimo menos.
En 1 Juan lo vemos como mandato: “Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo” (1 Juan 4:1, NBLA). No crean a todo espíritu. En nuestro idioma de hoy: no le creas a todo contenido. Nota que no te está llamando a no escuchar o a no consumir, te está llamando a probar porque hacerlo antes de creer no es desconfianza, es obediencia.
Y en Santiago encontramos que hay una responsabilidad inmensa en quien está al otro lado de la pantalla: “Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo” (Santiago 3:1, NBLA). En el momento en que alguien se para frente a una cámara a decirte cómo se interpreta un pasaje, o a hablarte con seguridad de la Biblia, ha tomado un rol, y ese rol es de maestro que viene con juicio más severo incluido, lo sepa o no.
Ahora bien, podrías preguntarte, ¿y cómo se examina a un maestro? Aquí viene lo que más me confronta. Cuando Pablo le da a Timoteo la lista de requisitos para quien enseña y gobierna en la iglesia, en 1 Timoteo 3, casi toda la lista es de carácter: irreprochable, sobrio, prudente, hospitalario, que gobierne bien su casa, de buena reputación hasta con los de afuera. ¿Sabes cuál es la única habilidad de toda la lista? “Apto para enseñar”. Una sola. Todo lo demás es carácter, y el carácter tiene un problema tremendo para el mundo digital: no se puede verificar en un perfil. Se verifica conviviendo. Lo ve la iglesia que te conoce, el pastor que te frena, la gente que ha servido contigo y sabe si te ensucias las manos cuando es necesario.
Por eso no pesa igual todo lo que leemos. No pesa igual un hombre cuya vida y doctrina la iglesia pudo examinar durante siglos, un Agustín, un Casiodoro de Reina traduciendo la Biblia al español mientras la Inquisición lo perseguía y quemaba su nombre, un Tyndale que pagó con su vida, mártir para que la Biblia llegara al idioma de la gente. Un Spurgeon, un Edwards, un Lewis; que alguien que se autoproclamó maestro la semana pasada y cuya doctrina no ha sobrevivido ni a un invierno. Ojo: el filtro no es la fama, ni ser viejo, ni 50 libros, ni tener título. Esos hombres ni siquiera estaban de acuerdo entre ellos en todo, y eso también nos enseña algo: ni con ellos se apaga el examen. El filtro es que fueron examinables. Vivieron una vida a la vista de todos, una doctrina probada por una comunidad cercana y por tiempo, y sometimiento a una iglesia local.
En un episodio del podcast, el pastor Sergio Villanueva lo compartió con una claridad impresionante: “la doctrina viene de la Palabra de Dios enseñada en tu iglesia local, por tus líderes y pastores”. Y me hizo la pregunta que le haría yo a cada cuenta que enseña Biblia en internet: “¿cómo vas a sentir que estás pastoreando a otros en las redes cuando tú mismo no tienes pastor? Cuando nadie te puede frenar, eso no es libertad ministerial”. Es la señal de alarma.
La primera voz sin alma
A ver: La IA es la primera voz con tono de autoridad en la historia de la humanidad que no tiene una vida que examinar ni a quien rendir cuentas. A todo maestro humano, hasta al peor, se le puede aplicar 1 Timoteo 3: mirar su casa, su iglesia, su trayectoria, su fruto. A la IA no se le puede aplicar ni la primera línea. No tiene casa que gobernar, no tiene canas ni cicatrices. No tiene pastor, no tiene iglesia, no rinde cuentas a nadie. No ora, no se arrepiente, no ha sido quebrantada jamás por el peso de un texto.
Y hay algo más profundo, que la Escritura ya había dejado escrito: “el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad” (1 Corintios 2:14, NBLA). Si el ser humano sin el Espíritu no puede discernir las cosas de Dios, ¿qué esperamos de una máquina que ni siquiera es un ser? La IA no tiene alma. No puede experimentar al Espíritu Santo. No fue hecha a imagen de Dios; fue hecha a imagen de nuestros textos, con todo lo bueno y todo lo torcido que hay en ellos. Puede ordenar información sobre Dios a una velocidad asombrosa pero no puede conocer a Dios. Y hay un abismo entre ambas cosas.
Esto no es una campaña para que no la uses. Yo la uso, y bien usada es una herramienta extraordinaria: busca, compara, resume, te ahorra horas. Úsala como quien usa una concordancia con motor. Pero cuidado: una concordancia no te pastorea ni te exime de invertir horas de estudio bíblico profundo. El día que le entregues a la IA el lugar del maestro, le habrás dado autoridad espiritual a la única voz de la historia que no puede ni ser examinada ni ser salva. Y recuerda mi lista de fuentes inventadas: suena igual de segura cuando acierta que cuando se lo está inventando. La seguridad del tono es parte del producto.
El filtro, actualizado
En el 2021 publiqué en un artículo siete preguntas para examinar las cuentas que seguimos. Cinco años, un algoritmo más agresivo y una revolución de IA después, este es el filtro que yo aplicaría hoy antes de dejar que alguien, o algo, te enseñe la Biblia:
- ¿Quién es esta persona fuera de la pantalla? ¿Se congrega? ¿Su iglesia local la conoce por nombre, o su iglesia es su sección de comentarios?
- ¿A quién le rinde cuentas? ¿Existe alguien con la autoridad y la cercanía para frenarla, corregirla, pedirle que borre algo? Si nadie puede frenarla, ya tienes tu respuesta.
- ¿Su vida se puede mirar, o solo su feed? El carácter de 1 Timoteo 3 se verifica conviviendo. Un feed es una vitrina; recuerda que la credibilidad se fabrica.
- ¿Cuánto tiempo lleva en pie? La doctrina probada sobrevive décadas y siglos. Los falsos no duran; brillan una temporada y desaparecen con su herejía puesta.
- ¿Te manda a la Biblia completa o te la sustituye? El buen maestro te deja con hambre del texto. El malo te deja con hambre de su próximo video.
- ¿Te empuja hacia tu iglesia local o hacia su plataforma? Todo ministerio digital legítimo es un puente. Si el puente termina en su propio muelle, no era un puente.
- Si es una IA: ¿verificaste la fuente? Pídele las referencias. Ábrelas. Las que no existan te van a enseñar más sobre la herramienta que cualquier tutorial. Y lo que te diga de la Biblia, contrástalo con la Biblia abierta y pregúntaselo a tus pastores. Lo que ibas a buscar en YouTube o en un chat, pregúntalo primero en tu iglesia.
Y por encima de las siete preguntas, la práctica que las sostiene a todas: lee tu Biblia completa. Libros enteros, no versículos sueltos. Con lentitud, con contexto, con las partes aburridas incluidas, porque el que solo conoce fragmentos es discipulado por fragmentos. A mí me tomó años desarrollar ese hábito, y todavía me cuesta (¡y mucho!). Pero tu mente va a recibir lo que tú le des, y si no le das la Palabra, va a recibir cualquier otra cosa. Ese puesto nunca se queda vacante.
Con toda tu mente
Cierro con algo que recibí exactamente por la vía que este ensayo defiende: no de un reel, sino del púlpito de mi iglesia.
Mi pastor, Reinaldo Logroño, predicando sobre Filipenses 4:6, “por nada estén afanosos”, nos explicó que la palabra que ahí se traduce “afanosos” describe en el original una mente dividida, partida, jalada en pedazos hacia todas partes. Cuando la escuché casi me caigo del asiento. Pablo, hace dos mil años, describiendo con precisión quirúrgica el estado mental que el scroll produce, y recetando lo contrario: depositar todas las ansiedades sobre Él en oración y gratitud, y luego de hacerlo entonces “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”, guardará nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús. ¡Aleluya!
Vamos a las redes buscando despojarnos de nuestras ansiedades, tratando de liberar un poco la mente cuando estamos abrumados. Y Dios, sabiendo que hoy necesitaríamos esto, nos dejó en Su Palabra la receta paso a paso para hallar en Su trono de gracia el oportuno socorro que necesitamos (Hebreos 4:16).
El creyente que no puede pensar, examinar y discernir no puede crecer en el Señor. Y la mente entera, la que examina las Escrituras diariamente para ver si estas cosas son así, no se consigue en ninguna aplicación. Se cultiva en silencio, en comunidad, con la Biblia abierta y con pastores que te conozcan la cara.
Así que te dejo la pregunta que me hice yo frente a aquella lista de fuentes falsas: ¿quién te enseñó eso último que creíste sin examinar?
Empieza por ahí. Y si necesitas un primer paso concreto para recuperar el gobierno de tu atención, en la Zona de Valor está El Ayuno de la Mirada Digital, gratis, en masielmateo.com/ayuno. Cada día, una práctica que el algoritmo nunca te recomendaría. Cada semana, algo donde nadie pueda darte un like. Cada mes, algo que te recuerde que el mundo existe fuera de la pantalla.
Es mi oración que este ensayo te ayude a ver esto con los ojos correctos, para que tu vida en línea y fuera de ella cuente una historia que solo el cielo pueda aplaudir.