31 de julio de 2025

El problema NO SON las redes sociales

El problema no siempre es la plataforma. También importa lo que buscamos en ella y lo difícil que puede ser reconocerlo.

El problema no siempre es la plataforma. También importa lo que buscamos en ella y lo difícil que puede ser reconocerlo. Las redes pueden ocupar un lugar que no les corresponde cuando les pedimos identidad, aprobación, control o alivio. Como explica Elyse Fitzpatrick, el corazón humano siempre está buscando algo que adorar; por eso nuestro uso de lo digital también necesita ser examinado a la luz del evangelio.

Las redes sociales son un campo fértil para la idolatría precisamente porque tocan tantas fibras de nuestra carne: la validación, el control, el entretenimiento, el reconocimiento, el deseo de ser vistos, amados, necesitados, admirados. Cuando una publicación que hacemos define nuestro estado de ánimo. Cuando un número (de likes, views o seguidores) puede levantarnos el ánimo o arrastrarnos al abismo. Cuando pasamos horas mirando la vida de otros para escapar de la nuestra. Todo eso ya no es neutral. Es idolatría disfrazada de “tiempo libre”.

Romanos 1:25 dice que los hombres “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y honraron y dieron culto a las criaturas antes que al Creador”. ¿Qué son los “followers” sino un reflejo de cuánta gloria buscamos de los hombres en vez de Dios? ¿Qué son los reels si no el eco de una necesidad constante de entretenernos para no enfrentar el silencio donde Dios podría hablarnos?

Pero aquí está la esperanza: si el corazón fabrica ídolos, también puede ser reorientado por la gracia para fabricar adoración. El mismo celular que me distrae puede ser el instrumento que me conecta con la Palabra, que me impulsa a orar por alguien, que me mueve a compartir verdad, a animar a una hermana, a recordarle a otros que su identidad no depende de lo que publican, sino de quién los llamó.

No se trata de abandonar las redes, sino de redimirlas. Y para eso primero hay que nombrar el pecado. Si no reconocemos la idolatría, nunca clamaremos por libertad. Pero si somos lo suficientemente humildes como para admitir que hemos adorado el algoritmo más que a Cristo, entonces ahí mismo puede comenzar la transformación.

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